jueves, febrero 27, 2020

Cuando la ansiedad por el coronavirus te alcanza

Tokio, Japón. 28, febrero, 2020 – Las primeras noticias del coronavirus comenzaron a llegar al país a inicios de enero. Algún tipo de virus nuevo y raro se había generado en una ciudad del centro de China que parecía estar al otro lado del mundo, aunque en realidad está a tan solo cuatro horas en avión desde aquí.

De entonces y hasta inicios de este mes, el nuevo virus se seguía viendo distante. Era imposible que llegase a este país, me decía yo. Es uno de los más desarrollados en todos los sentidos y con un sistema de salud potente y generoso, con un gobierno sólido.

Pero el contexto cambió un poco cuando atracó en Yokohama un crucero con pasajeros infectados. Al inicio no pasó de la decena, pero conforme transcurría el tiempo, más pasajeros se contagiaban. Pasaron de las centenas. Un video de un doctor japonés con experiencia en crisis sanitarias se hizo viral al relatar el deficiente manejo del gobierno japonés de la situación al interior del crucero. Las críticas arrecieron a partir de esto.

Otra crisis más. Imagen: Financial Times.
Luego llegó el momento de “liberar” a los pasajeros nacionales y extranjeros “no contagiados” y que habían aprobado la cuarentena. Los extranjeros se fueron directo al aeropuerto para volar a sus países, donde les aplicaron una cuarentena adicional. En cambio, el gobierno japonés decidió no aplicarles tal retiro a sus ciudadanos y los “liberó”. Magno error. A los pocos días varios comenzaron a presentar el virus. Ya era demasiado tarde. Un nuevo frente de batalla se había abierto. 

El otro frente de batalla abierto y peleándose desde un inicio era el de los cientos de miles de turistas chinos que habían llegado al país a turistear a finales de enero e inicios de febrero. Algunos, pocos, ya venían infectados y dejaron su “huella” en taxistas, chóferes y otros prestadores de servicios turísticos. La semilla del ansia había nacido.

Surgían voces de cerrar frontera a los chinos. Un dueño de un restaurante de ramen colocó un anuncio fuera del mismo indicando algo como “no se aceptan chinos”. Parecía la segunda guerra mundial cuando el imperialismo japonés.

Pero cerrar la frontera a los chinos era una opción imposible de adoptar por razones económicas, comerciales y geopolíticas (me puse en los zapatos del gobierno). El daño al país hubiera sido enorme. Imagina por un segundo si México cerrase todo tipo de relación con USA por un virus. Por cierto, USA no lo hizo a México cuando la pandemia del H1V1, aunque obviamente tuvo un efecto negativo fuerte. Recuerdo que en esos días por motivos de trabajo volé de Monterrey a Detroit.  Íbamos siete pasajeros en un avión para 100.

Pasaban los días y luego de la segunda semana de febrero los casos de coronavirus generados ya aquí en Japón por contagio seguían creciendo lento, pero paulatinamente. Ocho a quince en promedio diario. No era tan alto el crecimiento, pensaba, está limitado el contagio. No obstante, la queja de doctores comenzaba a crecer pues el Centro de Salud que realiza pruebas de confirmación les rechazaba su petición de analizar sus posibles casos. ¿Estará midiendo pruebas el gobierno en la cantidad que se debe? Surgen más dudas.

En el transcurso surge como un huracán el coronavirus en Corea del Sur. De inmediato se ve la respuesta contundente de dicho gobierno. Los japoneses comienzan a preguntarse si su gobierno está haciendo lo suficiente. La ansiedad y las preguntas crecen. El Comité Olímpico Internacional comienza a meter una presión disimulada. En las calles un 50%-70% de la gente con máscaras médicas. Empresas comienzan a autorizar el teletrabajo, como la de mi esposa, que ya lleva casi dos semanas en casa trabajando junto a mí (yo estoy en teletrabajo desde 2005 ¡que bendición en momentos así!).

El miércoles pasado por la mañana, antes de mandar a nuestro hijo a la escuela, hay un punto de inflexión. Ella y yo discutimos arduamente sobre si enviarlo o no en el bus. Ella se aferraba al no debido a la desconfianza a su gobierno “mira el contexto”, me decía. Le respondía yo que en esta zona y en la escuela no hay ningún caso. Para no hacer mayor la discusión, cedo. Pero todo el día estoy resentido. Por la tarde el gobernador de Hokkaido suspende clases en todas las escuelas de la prefectura, la más afectada hasta ahora por el coronavirus.

El jueves tampoco va. Otro día resentido. En el transcurso del día surgen más señales de crisis sanitaria. Por la tarde/noche (como 6pm) el Primer Ministro anuncia que a partir del lunes los niños no irán a la escuela por aproximadamente un mes. El viernes por la mañana volvemos a discutir si mandamos a nuestro hijo a la escuela. Yo digo “sí”, ella dice “no”. Gana el “no”. Si ya no ha ido los dos días previos, para que mandarlo en este último. Ya no estoy resentido. 

El ambiente de crisis se consolida. Estamos en otra fase, pero no creo (y espero) lleguemos al nivel de crisis de Wuhan, donde salir a la calle está prohibido. Me pregunto si mi país (México) estará listo para esto. Ojalá sí.

No es el apocalipsis. Entrar en pánico es el peor de los errores en situaciones así. Evitar las "fakenews", que abundan. De alguna manera la vida continuará, pero por unos días será distinta. Por lo pronto, en unas horas más, a media mañana cuando hay menos gente en las calles, hay que ir al súper para surtirse de comestibles extras y seguir trabajando. Por la tarde, salir al parque para no autoalimentarse de ansiedad nociva estando encerrados en casa. El domingo seguro iré a mi paseo ciclista. Eso sí, con máscara.

Al final de todo esto, en unas semanas o meses, el coronavirus (COVID-19 para los científicos) habrá sido una experiencia más de la humanidad. Y deberá prepararse para la siguiente crisis sanitaria, que vendrá.

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